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Hace un par de horas asesinaron a Facundo Cabral en Guatemala. Me puso triste… Acá, un boceto más que “rapidito” antes de salir de casa. ¡Gracias por tus canciones, de corazón!

(después, con más tiempo, me explayo)

Como quien avanza despacio hacia el mar (por el frío) pero con determinación (por amor a las olas), la semana pasada me zambullí de nuevo en un viejo proyecto personal.

Buscando documentación sobre el tema me reencontré con el zarpado de Lorenzo Mattotti -¡qué bombón, por favor!-. Tomé algunos apuntes de su obra y salió este dibujo, muy a tono con la jornada otoñal que ridículamente se dio hoy.

Nunca tuve debilidad por la rubia ni por las biografías de famosos. Pero ahora que voy por la página 593 de “Blonde”, la novela (me repito: novela) de Joyce Carol Oates, no puedo dejar de pensar en ella. En esa mujer. En todas.

No intento dilucidar qué parte de esta narración corresponden a la pluma deliciosa de la autora y qué otra parte a la vida real y extrema de Norma Jeane Baker, ¿acaso importa? Con esta experiencia movilizante y vertiginosa de lectura ya me doy por hecha.

Hoy se cumplen 48 años de su muerte. In memorian.

Actualización: él vio el original en blanco y puso cara de: “entre nos, éste te quedó mejor!”. Me dio gracia su comentario sutil y pensé ¿por qué no subirlo también? Y acá estamos, en versión más sobria.

Estuvimos más de 10 minutos mirando los rayos que cruzaban el cielo de Saavedra, en silencio. El espectáculo era entre hipnótico y aterrador. Cuando aparecieron las primeras gotas me subí al colectivo. En el techo sonaron cascotazos. El linkeo instantáneo fue con las bolas de hielo que golpearon en el 2007.

En Cabildo, parece que varios las recordaron, también. Y ni lentos ni perezosos, subieron sus autos a la vereda y los estacionaron debajo de los techos de los negocios y galerías. Otros hicieron lo mismo pero encontraron un lugar bajo los árboles o un kiosco de diarios cerrado. En el viaducto hasta se formó una fila de coches quietitos que aguardaron debajo del túnel, y en segunda fila, a que amainara. ¡Qué poder de improvisación! Fue un viaje, realmente, entretenido.

Me enternece cierta inocencia genuina en la gente “grande”. Es como una especie de desnudez infantil con canas y rollitos.

Apenas nos bajamos del micro, nos enteramos que la fortaleza de Niebla no estaba habilitada: tenía la estructura dañada. “Pueden ir un km abajo y cruzar a la Isla Mancera, el castillo se encuentra en mejor estado”, nos dijo el guardia de las ruinas. Garuaba, la calle se mostraba desierta y bajamos hasta la orilla. Llegamos justo cuando la lancha estaba por zarpar. “Cruza el río al mediodía pero no tiene hora de regreso, eh? Como hay poca gente, poca bencina y algo de miedo…”, nos advirtió el encargado del mini.puerto. Nos miramos y con expresión de ¿Qué más da? optamos por testear las ocho cervezas de la fábrica Kuntzmann, en tierra firme. ¿Te imaginás quedándote con tres gatos locos entre las piedras de una muralla del siglo XVII? Brindamos por el viaje.

Al otro día, encontramos el destino ignoto y redondo: Futrono. Un pueblo mínimo sobre el lago Ranco y en medio de la cordillera. Ojo que en un par de años se turistea, eh?

(y qué nombre contundente, Betty: Fu tro no. Parece de ciencia ficción o ligado a la ciencia, la medicina… Creo que entra en el podio de los nombre memorables, tales como el de la ciudad mexicana de Oaxaca).

El albergue en el que paramos tenía más de 100 años. Aguantó bien el terremoto. En la escalera de su entrada, sin embargo, se abrían un par de grietas. Eran del terremoto del ´60. No me quiero ni imaginar lo que fue eso…

El puerto de Valdivia se quebró, el carnaval de navíos se suspendió. Toda la ciudad quedó como detenida en el tiempo: sin luz ni  internet y con todos los fantasmas de terremotos anteriores yirando por ahí. El río siguió su marcha, casi indiferente. Y hermoso.

El 1 de marzo el ambiente se fue calmando. Y lentamente, empezamos a enterarnos de la magnitud de lo que había y estaba ocurriendo. A tres días de ese “baile”, otra actitud de viaje.

15h del viernes 26 de febrero: arribo a Puerto Montt. 17hs, traslado a Frutillar.
3.30h del sábado 27 de febrero, transformación del cuarto en cuatro paredes de papel que se zarandean, histéricas, de un lado a otro. Así empezó el viaje: con una sacudida violenta. Y un cambió de planes para todos.

¡Mañana, vacaciones! El efecto morsa se adelantó una noche y no puedo ni terminar de armar el bolso…


Nos vemos a la vuelta (?).

Ir a nadar es como el nuevo chiche: querés jugar con él a cualquier hora, todos los días. La pile que frecuento abre todos los días y hasta tarde. El lunes me tenté con ir a la noche. Fue un placentero acierto. De a poco, gano resistencia y calma (para el croll, eh? en otros planos de la vida, Betty, sigo inquieta. Pero no pierdo la fe ; ).

Una de las sorpresas con las que me reencontré esa noche: atravesar por el medio a un nadador “topadora” que viene por la izquierda, y al mismo tiempo pero del otro lado del andarivel, a otra “topadora” que avanza por la derecha. Por un segundo -o mejor dicho, una brazada-; pura adrenalina acuática.

El martes me compré una malla enteriza y antiparras después de… 15 años?!
Y volví a nadar en una pileta olímpica. Me había olvidado del peso del agua, los andariveles. El sonido, el silencio y las burbujas de la respiración.

Nadar largo y tendido fue uno de los hallazgos más agradables de enero.

Dale, hacete la pobrecita…

La semana pasada nos hamacamos bien fuerte; chirriamos.

Volvimos a tentarnos con saltar -al infinito y más allá- cuando llegamos a lo más alto de la curva.

Admitimos que aparece, de nuevo, ese micro miedo de dar la vuelta completa -¿alguna vez te pasó?-.

Desde ese día, el vicio del placeo.

Podíamos no saber el nombre de un instrumento pero reconocíamos su forma. Excepto la de tres socotrocos retorcidos que parecían flores de acero y estaban ubicados en el medio del escenario del Teatro San Martín. Cuando la banda empezó a interpretar: “Ballet Mécanique”, compuesto en 1923 por George Antheil, estos misterios dejaron volar su sonido y nos enteramos de que se trataba de ventiladores abiertos al medio. Fue un concierto memorable.

Si te interesa el asunto, te recomiendo leer esta nota. Por mi parte, Ceci querida, te agradezco la invitación a tremendo plan. Presenciar a esa maquinaria incansable de músicos e instrumentos -y tu sirena tocada tan a tiempo- fue una experiencia de alto goce. Un poco de aire fresco, euforia inusual. ¡Espero con ganas tu próxima obra!

Videíto sobre la peli que acompañaba la puesta musical original, integrada por: 2 pianos, 16 pianolas sincronizadas, 3 xilófonos, 7 campanas eléctricas, 3 ventiladores, sirena, 4 Gran Caza y tam-tam.