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Hace tanto que no escribo acá que me siento un poco oxidada. Pero el silencio de blog no significó el cese de actividades, más bien todo lo contrario. Si todo sale viento en popa, este año tendré un lindo proyecto en la calle. ¡Ya les contaré! 😉

Mientras tanto, vayamos al tema de hoy: el mes pasado vi en cine 3D la película “Life of Pi” (recomendadísima). La belleza visual que logró Ang Lee y compañía fue realmente estremecedora. Y la historia del naufragio del indio con el tigre me gustó mucho. Adoro el agua, adoro el tigre. Y el asuntito ese de la convivencia con la bestia, en solitario, me tocó una fibra íntima.

130224 Life of Pi (klinko)

En fin, acá les comparto mi vuelta a la acuarela seca.

¿Y qué onda si terminás el viernes antes de lo previsto, te ponés la joggineta y pintás el soporte del tacho de basura de una plaza pública con pintura sintética? Y dale… Todo sea por cerrar la semana con un toque de ridiculez, alegría y olor a aguarrás.

¡Gracias, Lunita, por la invitación! Y María Baylac, por organizar la colorida movida Bancarte 😉

Este año no adopté ningún cuaderno de apuntes. La descarga de firuletes termina en servilletas, bordes de diarios, pedazos blancos de papeles viejos. Casi toda la lucidez y la flojera divertida van a parar a mi proyecto de libro. Algunos dibujos zafan y son retrabajados en la compu. La mayoría se dirige a engordar unas cajas con el resto de las “buenas intenciones”. Ya van casi 4 años de este proceso, así que tengo buena intención de sobra.

Desde que abrí este blog me inventé la consigna de no postear sin dibujo. A los fines de cumplirme (?) con esa palabra fundacional desempolvé un viejo boceto de acuarela. De esos que salen cuando una está probando los colores y no le importa mucho qué va a quedar.

Esta noche de tecleo bondadoso, entonces, recomiendo un par de libros que tuve el placer de toparme este año:

> “Boy” y “Going solo”, ambos de Roald Dahl. ¡Hiptotizantes! El primero trata sobre la infancia del escritor en Gran Bretaña, sus travesuras ridículas (que me hicieron acordar a las que cuenta mi viejo en Balnearia, Córdoba), su fanatismo por el chocolate (fue tester de Cadbury, posta! y de ahí a: “Charly y la fábrica de chocolate” hubo sólo un par de pasos), la salvajada de las varillas aleccionadoras, sus viajes a Noruega, país natal de su madre (disparó directo a los viajes familiars a Santa Fe, Argentina, je!), etc.  En “Going solo” me subí al avión que piloteó en la Segunda Guerra Mundial, con sólo un par de meses de entrenamiento. Nunca me hubiera imaginado enganchándome tanto con capítulos sobre ataques, cicatrices y otros demonios.

> “La historia del arte”, de E.H.Gombrich. Un clásico de clásicos que reimprimieron en edición de bolsillo. ¡Gracias, Dami, fue un regalo perfecto! Ordena las ideas, los tiempos, las obras emblemáticas. Texto e imagen, texto e imagen, a prueba de despistados. Fascinante y esclarecedor a la vez (Betty hoy está en su salsa, dale que va).

> “Qué hacer”, de Pablo Katchadjian. Es una novela rarísima que escribió un amigo y me copó. No puedo explicar bien de qué se trata. Sí puedo decir que tiene una estructura narrativa que se repite capítulo tras capítulo con una variación en el orden del contenido. Eso genera sentidos locos, efectos entre graciosos y chocantes. (¿Un chino? No importa, está buenísima).

Estos meses en los que dejé de postear estuve laburando en varios proyectos. El principal fue mi librito (todavía en progreso). Seguir avanzando en este “capricho” fue todo un logro.

Ahora bien, en este trayecto, tuve algunos recreos. Y uno de ellos fue el de la participación en “Ácido surtido“, un proyecto editorial de arte y diseño, que se distribuye gratuitamente en distintos puntos de Argentina. La consigna de esta edición fue inquietante, el tiempo, escaso. ¿Cómo trabajar sobre “lo anónimo” siendo tan figurativa cuando dibujo…?

La noche anterior a la entrega, encima, me había copado viendo un libro de Jorge Macchi y después no podía sacarme sus fósforos humanoides de la cabeza. En fin, gajes del oficio. ¿Querés ver lo que finalmente quedó? Venite a la presentación mañana, a las 19:30h. en La Maison (Honduras 5774, CABA).

¡Betty, dígale NO a su neuroticada!
Anímese a perder esas fantasías floripondias y torturantes. Y llévese a cambio un par de magras y algo insípidas realidades (pero realidades al fin).

Que se me quedó pegada una imagen de un detalle -qué raro, Betty- de uno de los capítulos de “Twin Peaks”, la serie increíble de David Lynch.

Que adoro este tipo de historias locas, admiro las cabezas de sus creadores (capaces de contárnoslas de forma tan brillante) y agradezco a quienes me las recomiendan.

Que algo parecido pero en otra tónica me está pasando con el libro: “Respiración artificial” de Ricardo Piglia (un clásico que reeditaron y que ya está entre los preferidos de los últimos tiempitos).

Que algunas frases de Renzi, Ossorio, Maggi ¡me tienen en llamas! (y hacen que me den ganas de leer a cuatro manos (?).

Que si enero en Buenos Aires sigue así, me cabe.

(Al margen y entre nos, me dio mucha gracia ver el pelo tipo “Leono” que le quedó a esta perra que, dicho sea de paso, está lejos de pertenecer a la prodigiosa especie de los “ThunderCats”). 

Si hablamos de cantantes inglesas, P.J.Harvey -sacó nuevo disco! todavía no lo escuché…- y Beth Gibbons (Portishead), entre otras, me acompañan desde hace más de 10 años.

Pero este fin de semana, el loopeo musical vino desde la confesión dañina de: “You know I´m not good” de Amy Winehouse (esa forma de cantar de reviente me cae tan bien…) + “White Flag” de Dido (que no es santa de mi devoción pero bueh! en este tema, la rubiecita me puede).

Me gusta que ambas, por un motivo u otro, terminan mostrando sus hilachas. Esas que tanto queremos esconder u obviar y que, en definitiva, nos hacen tan humanos.

Por mi parte, hoy fleté ciertos deberes y me dejé mecer por la densa corriente azul de estas canciones. Acá, el puerto al que llegué.

Anoche terminé de ver “The Wire”. Hasta la música de su intro se me metió en las entrañas (gran tema de Tom Waits reversionado en cada una de las 5 temporadas).

No puedo parar de “evangelizar” sobre este policial a cuanto se me cruza por el camino. Los guionistas conocen el paño y plantean una historia compleja y muy interesante, algo así como una tragedia griega en el nuevo milenio y localizada en Baltimore. Pero está acá a la vuelta también.

Dale, cuando tengas 5 minutos tranquis, leé este post y este otro. Y ponete ya mismo a bajar el primer episodio desde Cuevana.

Toparme con la obra de Jules Feiffer hace un tiempo me llenó de alegría. Y de un par de lágrimas. La serie de dibujos que conforman “Relationship” todavía me pone la piel de gallina.

Feiffer es de ese tipo de artistas que, en un momento dado de la vida, te tocan una hebra íntima. Y algo sutil e interno, se modifica posta-posta. Hoy es su día y acá va mi regalito de cumpleaños.

Cuando trabajaba de periodista full time me encantaba hacer entrevistas cara a cara. Me podía quedar hablando horas con un peluquero entusiasmado -aunque deteste ir a cortarme el pelo-, un sociólogo preciso, un músico casi hermético, un palentólogo especializado en la Patagonia. Después me di cuenta que lo que me enganchaba con el otro era, más allá del tema, la pasión que le ponía a lo que realizaba. Esas ganas me insuflaban energía. Y lo siguen haciendo.

De hecho, es una de los motivos principales por los que me enganché con la revista Orsai. ¿Escuchaste hablar de ella? Se trata del “sueño del pibe” de Hernán Casciari y su amigo Chiri que saldría en papel el año que viene. Sin publicidad mediante y con colaboradores de primera línea. Para eso, idearon un sistema venta propio y blanquearon ganancias, canales de distribución, etc. y fueron compartiendo la cocina de su proyecto editorial, semana a semana, en su blog ¡Lo más curioso es que esa promesa de revista ya se está vendiendo! Y sí, acá suscribe una a su causa.

¡Ma´que Moleskine ni ocho cuartos! Señoras y señores, con ustedes el librito made in “casa de oficios”: con delicada cinta señaladora y capiteles, guarda dibujada a mano, bajorrelieve en la contratapa y hasta elástico negro para cerrarlo todo.

En encuadernación de libros la “guarda” es el nombre que recibe la hoja que cubre la “parte de adentro” (retirada) de las tapas. Para la clase de anoche teníamos que llevar el par de hojas “decorado” y no se me ocurría qué hacer.

Este año empecé a incursionar en la cocina. Las recetas que había llevado a la práctica estaban yirando por la casa, como tantos otros papeluchos, y en franco peligro de terminar por error en el tacho de basura. El finde quería reincidir en un plato y no encontraba las indicaciones.

Después de buscarlas por un buen rato las di por perdidas. Pero encontré otra cosa: la solución a este desbole de recetas y al motivo de la guarda. ¡Hacerme un libro de cocina! La idea me entusiasmó y acá están los dibujos del proceso para preparar la torta que me enseñó la Chacha. Veremos cómo sigue la historieta… 😉

Empecé un curso de encuadernación de libros. Caí ahí casi de paracaídas, guiada más por las ganas de empezar algo de cero que otra cosa. Sí, sí, obvio que me gustan los libros. Pero a veces va más allá de eso.

Adoro encontrarme con expresiones nuevas tales como “seguir el sentido de la fibra”. Es decir, con esa posibilidad de identificar y nombrar una característica específica del papel, y de esa forma, ensanchar la experiencia sobre el libro como objeto. ¿Me fui al congo? Y bueh, me gustan los detalles. Y también, poner en práctica un oficio sin tanta teoría alrededor. Al fin y al cabo, sólo se trata de coser hojas… no?

Acá les comparto uno de los videos que nos pasó el profesor. Espero que ustedes también disfruten de este viaje por el papel!

Hay días en los que, a pesar del sol, sostenemos situaciones poco amables. ¡Salta, Violeta!

Esquina de Chile y Perú, justo en la plaza que homenaje al gran Rodolfo Walsh (datelli vía el ojo agudo del Chuko).

Hace unos meses anduve revolviendo un armario de la casa de mis viejos. Y adentro de una bolsa de supermercado vieja, encontré un juego que adoraba y que me había olvidado de su existencia. Creo que a nadie le divertía mucho después de hacer dos o tres pruebas.

Para mí era fascinante: elegía un par de fichitas, le ponía una hoja blanca arriba y después pasaba el crayón. Al rato, daba vuelta las fichas y ahí estaban las texturas para volver a repetir la acción pero con colores. Todo se podía combinar de distinta manera por eso la magia era inagotable. Definitivamente, era un viaje de ida -¿era?-.

Creo que soñaba con alguna vez, de grande, saber dibujar mujercitas en serio.

Aprovecho este día del niño para desearnos el contacto con los placeres simples, esos que están a la alcance de la mano. Y ya que estamos, les comparto el dibujo que me regaló Lena, la hija de 6 años de una amiga.