Hace unos meses anduve revolviendo un armario de la casa de mis viejos. Y adentro de una bolsa de supermercado vieja, encontré un juego que adoraba y que me había olvidado de su existencia. Creo que a nadie le divertía mucho después de hacer dos o tres pruebas.

Para mí era fascinante: elegía un par de fichitas, le ponía una hoja blanca arriba y después pasaba el crayón. Al rato, daba vuelta las fichas y ahí estaban las texturas para volver a repetir la acción pero con colores. Todo se podía combinar de distinta manera por eso la magia era inagotable. Definitivamente, era un viaje de ida -¿era?-.

Creo que soñaba con alguna vez, de grande, saber dibujar mujercitas en serio.

Aprovecho este día del niño para desearnos el contacto con los placeres simples, esos que están a la alcance de la mano. Y ya que estamos, les comparto el dibujo que me regaló Lena, la hija de 6 años de una amiga.

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