Adoro la música. Apenas cruzo la puerta de casa ya tengo puesto los auriculares. A veces, canto para afuera aunque no me sepa la letra y bailo -con sordina- mientras espero el semáforo. De todo esto no era muy consciente hasta el martes pasado, cuando perdí mi ipod y tuve que salir al mundo sin la compañía de mi amiguito sonoro.

Cuando mi ánimo es amable acepto que no hay mal que por bien no venga. A quienes nos gusta dibujar sabemos que la observación es una fuente riquísima e inevitable de nuestra labor. Pero a veces no la ponemos muy en práctica. Bien, ese martes silencioso en una larga caminata me reencontré con ella. Me sorprendió. Y a la vuelta, charlando con Fer, confirmé una sensación: la atención es bastante más limitada de lo que creía. La cuestión se parece al dilema de la sábana corta: si pongo el foco en lo que pasa en la calle pierdo la intensidad musical. Y si “se me va el avión” con una canción, la mirada no registro nada. ¡Creo que es uno de los pocos casos en el que elegir entre una opción y otra es realmente maravilloso!

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