Ya quedábamos pocos en casa y surgió la onda: ¿y si festejamos el bicentenario con un locro, pastelitos y hasta trenzas mediante? La cosa se fue armando. Sólo había un pequeño detalle: la cocinera del grupo ya tenía un compromiso para el martes y, por acá, jamás había hecho un locro. Ok, algunos desafíos-pepsi me prenden.

Llamé a mi tío de 81 años y le pedí que me enseñara a prepararlo. En su casa me pasó la lista de ingredientes y yendo a por ellos junto a mi tía, tuve el honor de conocer a su amado carnicero, Salvador. Como todavía no soy muy aficionada al mundo de las reces, me siguen sorprendiendo las relaciones que se generan entre los carniceros y sus clientas (¿qué esa mirada pícara? ¿ese curioso jueguito que se da mientras cortan una tira de pechito de cerdo?). La cuestión es que después de varias horas, la experiencia piloto de mi primer locro superó las expectativas y ayer mandé la invitación al eventuli.

Ahora tengo muchas ganas de preparar el locro “posta-posta”. Y también, de que podamos seguir aprovechando este tipo de festejos-excusas para vivir un par de momentos que nos alegren el día y ya.

Actualización: el locro salió muy bien. ¡Algunos repitieron hasta 3 veces! Amenizaron los pastelitos + Larralde (?). A la tardecita, enfilamos para Plaza de Mayo. Lindo el ánimo de la calle. Lindo el desfile de Fuerza Bruta (al que fuimos con poca fe). Después volvimos… y atacamos nuevamente el locro. ¡Qué bicentenario redondo!

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