Apenas nos bajamos del micro, nos enteramos que la fortaleza de Niebla no estaba habilitada: tenía la estructura dañada. “Pueden ir un km abajo y cruzar a la Isla Mancera, el castillo se encuentra en mejor estado”, nos dijo el guardia de las ruinas. Garuaba, la calle se mostraba desierta y bajamos hasta la orilla. Llegamos justo cuando la lancha estaba por zarpar. “Cruza el río al mediodía pero no tiene hora de regreso, eh? Como hay poca gente, poca bencina y algo de miedo…”, nos advirtió el encargado del mini.puerto. Nos miramos y con expresión de ¿Qué más da? optamos por testear las ocho cervezas de la fábrica Kuntzmann, en tierra firme. ¿Te imaginás quedándote con tres gatos locos entre las piedras de una muralla del siglo XVII? Brindamos por el viaje.

Al otro día, encontramos el destino ignoto y redondo: Futrono. Un pueblo mínimo sobre el lago Ranco y en medio de la cordillera. Ojo que en un par de años se turistea, eh?

(y qué nombre contundente, Betty: Fu tro no. Parece de ciencia ficción o ligado a la ciencia, la medicina… Creo que entra en el podio de los nombre memorables, tales como el de la ciudad mexicana de Oaxaca).

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