Cuando tenía 10, 11 años a veces se me daba por inventar cuentos para mi hermanita. Alguno de ellos, llegó a plasmarse en un par de hojas rayadas abrochadas torpemente, con texto y dibujos en blanco y negro para que ella coloreara a piaccere. Después vino la secundaria, el laburo, la universidad; y ese gusto por los libritos pasó al olvido.

Hoy terminé la última ilustración (la Nº 200) para el libro infantil de preguntas y respuestas que me encargaron en diciembre. Ya tiré la cartulina con el crono de entregas, cerré la carpeta con los bocetos, dejé de buscar cómo articulan las patas la chita, el avestruz, el canguro. Ahora, quedan las ganas de ver el material impreso, la cara de los nenes que jueguen con él y una sutil alegría: la de descubrir que esa forma de divertirme sigue vivita y coleando años más tarde. Ahí está, casi imperceptible, guiñándome un ojo desde el fondo de un block de hojas berretas.

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